El Greco
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Francisco Pizarro
     
 

Biografía

Según Francisco Calvo Serraller:

¿Por qué nos gusta El Greco? Es ésta una pregunta importante, y no sólo porque siempre es bueno reflexionar sobre por qué hacemos lo que hacemos, por qué nos gusta lo que nos gusta; es fundamental porque, en una perspectiva histórica ampliada, El Greco no ha gustado nunca.
Su vida es errática. Nace en Candía, Creta, que entonces per­tenecía a la república de Venecia, y allí se hace pintor. No obstan­te, en 1567 decide trasladarse a la metrópoli, es decir, a la propia Venecia, no sólo para perfeccionar el arte de la pintura, sino también para introducirse en las formas del Renacimiento occidental, que eran muy diferentes de las de la pintura oriental.
Permanece un tiempo en Venecia, donde se supone que pudo ser discípulo de Tiziano, y desde allí inicia una especie de peregrinaje artístico por los grandes centros del Renacimiento italiano. En 1575 recala en Roma, donde, aunque sabemos que frecuentó los círculos escogidos del cardenal Alejandro Farnesio, no llega a conseguir el éxito que él mismo cree merecer. Por esta razón, aproximadamente en 1577, a una edad relativamente avanzada, trein­ta y seis años, toma la decisión radical de venir a España, donde se está construyendo El Escorial, en busca de una última oportunidad para conseguir el prestigio y el éxito que le corresponden por su talento.
Pero de nuevo no consigue lo que ansiaba. No consigue triun­far en la corte de Madrid ni incorporarse al programa decorativo de El Escorial. Es verdad que realiza una obra para El Escorial, San Mauricio y la legión tebana, pero el cuadro no satisface al rey o a sus consejeros, y en el lugar para el que estaba destinado se colocan obras de Rómulo Cincinato, un pintor muy inferior a él.

 
     
 
Acto seguido se refugia en Toledo, donde vive relativamente bien, recibe numerosos encargos y goza de cierto reconocimiento. Muere en 1614 sin haber llegado a ocupar un puesto principal en el panorama artístico español.
De alguna manera cabría decir que esa deriva desde Creta hasta Toledo, de Oriente a Occidente, no le reporta ningún triunfo absoluto, aunque es cierto que tampoco un fracaso absoluto. Obtiene una posición cómoda, pero que en ningún caso va acompañada del reconocimiento general. De hecho, la impresión que El Greco dio en su época es la de un personaje extraño, con talento, pero un poco loco.
Existen numerosos testimonios de esta apreciación, entre ellos uno muy importante, por ser muy temprano, de 1600, y por ser de fray José de Sigüenza, uno de los mejores escritores en lengua cas­tellana y un personaje muy afín a Felipe II. Fray José nos cuenta que el cuadro que se le encargó a El Greco para El Escorial no le gustó al rey, lo que no le extraña, ya que ésa era la opinión más generalizada. También nos dice que, aunque algunos aprecian la obra del pintor, en su opinión, si ésta estuviese realizada «con razón y con arte», gustaría a todos. Al hilo de esto nos recuerda la opinión del pintor Navarrete el Mudo, que decía que los santos se han de pintar de manera que «no quiten la gana de rezar en ellos».
Fray José de Sigüenza nos introduce en el debate estético que tiene lugar en la época en la que El Greco llega a España. El Renacimiento ha entrado en crisis, y frente a él aparece la corriente ma-nierista, a la que sucede la corriente de la Contrarreforma, que pro­ducirá posteriormente el naturalismo. El padre Sigüenza considera que El Greco está pasado de moda, y que ha optado por un estilo de extremado subjetivismo en un momento en el que lo que im­porta es un acercamiento al naturalismo. En una España en la que predominan las orientaciones de la Contrarreforma, la exaltación subjetiva de El Greco es inconveniente, porque retira la capacidad de devoción y puede acabar distrayendo al devoto.
Lo anterior es una especie de pequeña muestra de lo que va a suceder en la historia del arte y del diagnóstico que fundamenta por qué a los españoles anteriores al siglo xx no les gustaba El Greco.

El Greco - Toledo  
   
 

Francisco Pacheco, que en 1611 visita a un Greco anciano que ya ha realizado toda la segunda parte de su obra -una obra considerada la de alguien rayano en la locura-, duda de su cordura, e indica que es controvertido, polémico y extravagante. Sin embargo, reconoce que es un personaje de mucha envergadura. Es el de Pacheco el testimonio más favorable de los realizados en su épo­ca, y esto es importante, porque seguramente la influencia que tiene el pintor cretense sobre Velázquez se debe a su maestro y suegro Pacheco. Pero Pacheco es en cierto modo una excepción, porque en general lo que crece entre los españoles contemporáneos a El Greco no es la admiración, sino la perplejidad ante un perso­naje extravagante, al que progresivamente se va considerando un loco total.

El también pintor Jusepe Martínez, en sus Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, tilda de loco a El Greco, y afirma que su pintura es extravagante y caprichosa como no se ha visto nin­guna. Aunque admite que su discurso es muy elocuente, afirma que no tuvo discípulos, porque ninguno quiso seguir su doctrina.

Antonio Palomino, el gran tratadista e historiador del arte español, recoge las opiniones anteriores, y con ellas realiza una síntesis prodigiosa. Nos dice Palomino de él que es un artista de talento, culto, excelente retratista y que gozó de cierto reconocimiento en su época, pero que, en un momento determinado, al ver que sus pin­turas se confundían con las de Tiziano, cambia de estilo con tal ex­travagancia, que llega a hacer despreciable y ridicula su pintura.

 
   
  El Greco

Con estos precedentes, El Greco se convierte en la España del siglo xvm en el ejemplo de la extravagancia y la locura. Esta opinión se mantiene en el siglo xix, aunque en este siglo se pro­duce un fenómeno sorprendente, que en principio nada tiene que ver con él, pero que terminará influyendo en su valoración. Este suceso es el descubrimiento de la escuela española de pintura, que hasta ese momento no había contado dentro de los parámetros de la evolución del gusto moderno en Europa. Y no había contado, porque la pintura española -al margen de que España fuera ais­lándose progresivamente a partir del xvn, en función de su decli­ve histórico- había optado claramente por el camino errado, el que propugnaba el padre Sigüenza, el camino del naturalismo y de la religiosidad. En una Europa en la que se había ido restau­rando progresivamente el clasicismo, este mundo español se mar­gina y se olvida. Sin embargo, a partir del siglo xix, España cobra interés, porque los ideales clasicistas que habían estado alimen­tando la tradición del arte europeo se desmoronan. Entonces, el único paradigma que es posible contraponer al pasado histórico, a la tradición clásica, es esa España naturalista, mística, religiosa y extravagante.

Surge en ese momento la pasión por España a través de una figura totalmente contemporánea a nosotros, la figura de Goya, que fascina al romanticismo europeo e induce a preguntarse cómo es posible que de la nada surja un genio de esta naturaleza. Tiene que haber algo detrás. Y la pasión por averiguar qué puede haber detrás de Goya es la que lleva a todos los románticos europeos a sumer­girse en España y a intentar explicar el fenómeno, aparentemente sobrenatural, de ese genio extraordinario. Con ello comienzan los viajes a España y el descubrimiento de la pintura española. En este descubrimiento es muy importante la Galería Española de Luis Felipe, abierto en París en 1830, donde la vanguardia romántica que­da fascinada con Zurbarán, Murillo -que era el único pintor espa­ñol ya apreciado anteriormente- y Valdés Leal. Sin embargo, aunque en este museo también está El Greco, éste todavía pasa inadvertido.


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El Greco
Varios Autores
Galaxia Gutemberg/Circulo de lectores
Barcelona 2003

 

 

     
 
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