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Acto seguido se refugia en Toledo,
donde vive relativamente bien, recibe numerosos encargos y goza de cierto
reconocimiento. Muere en 1614 sin haber llegado a ocupar un puesto principal
en el panorama artístico español. De alguna manera cabría decir que esa deriva desde Creta hasta Toledo, de Oriente a Occidente, no le reporta ningún triunfo absoluto, aunque es cierto que tampoco un fracaso absoluto. Obtiene una posición cómoda, pero que en ningún caso va acompañada del reconocimiento general. De hecho, la impresión que El Greco dio en su época es la de un personaje extraño, con talento, pero un poco loco. Existen numerosos testimonios de esta apreciación, entre ellos uno muy importante, por ser muy temprano, de 1600, y por ser de fray José de Sigüenza, uno de los mejores escritores en lengua castellana y un personaje muy afín a Felipe II. Fray José nos cuenta que el cuadro que se le encargó a El Greco para El Escorial no le gustó al rey, lo que no le extraña, ya que ésa era la opinión más generalizada. También nos dice que, aunque algunos aprecian la obra del pintor, en su opinión, si ésta estuviese realizada «con razón y con arte», gustaría a todos. Al hilo de esto nos recuerda la opinión del pintor Navarrete el Mudo, que decía que los santos se han de pintar de manera que «no quiten la gana de rezar en ellos». Fray José de Sigüenza nos introduce en el debate estético que tiene lugar en la época en la que El Greco llega a España. El Renacimiento ha entrado en crisis, y frente a él aparece la corriente ma-nierista, a la que sucede la corriente de la Contrarreforma, que producirá posteriormente el naturalismo. El padre Sigüenza considera que El Greco está pasado de moda, y que ha optado por un estilo de extremado subjetivismo en un momento en el que lo que importa es un acercamiento al naturalismo. En una España en la que predominan las orientaciones de la Contrarreforma, la exaltación subjetiva de El Greco es inconveniente, porque retira la capacidad de devoción y puede acabar distrayendo al devoto. Lo anterior es una especie de pequeña muestra de lo que va a suceder en la historia del arte y del diagnóstico que fundamenta por qué a los españoles anteriores al siglo xx no les gustaba El Greco. |
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Francisco Pacheco, que en 1611 visita a un Greco anciano que ya ha realizado toda la segunda parte de su obra -una obra considerada la de alguien rayano en la locura-, duda de su cordura, e indica que es controvertido, polémico y extravagante. Sin embargo, reconoce que es un personaje de mucha envergadura. Es el de Pacheco el testimonio más favorable de los realizados en su época, y esto es importante, porque seguramente la influencia que tiene el pintor cretense sobre Velázquez se debe a su maestro y suegro Pacheco. Pero Pacheco es en cierto modo una excepción, porque en general lo que crece entre los españoles contemporáneos a El Greco no es la admiración, sino la perplejidad ante un personaje extravagante, al que progresivamente se va considerando un loco total. El también pintor Jusepe Martínez, en sus Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, tilda de loco a El Greco, y afirma que su pintura es extravagante y caprichosa como no se ha visto ninguna. Aunque admite que su discurso es muy elocuente, afirma que no tuvo discípulos, porque ninguno quiso seguir su doctrina.
Antonio Palomino, el gran tratadista e historiador del arte español,
recoge las opiniones anteriores, y con ellas realiza una síntesis
prodigiosa. Nos dice Palomino de él que es un artista de talento,
culto, excelente retratista y que gozó de cierto reconocimiento
en su época, pero que, en un momento determinado, al ver que sus
pinturas se confundían con las de Tiziano, cambia de estilo
con tal extravagancia, que llega a hacer despreciable y ridicula
su pintura. |
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Con estos precedentes, El Greco se convierte en la España del siglo xvm en el ejemplo de la extravagancia y la locura. Esta opinión se mantiene en el siglo xix, aunque en este siglo se produce un fenómeno sorprendente, que en principio nada tiene que ver con él, pero que terminará influyendo en su valoración. Este suceso es el descubrimiento de la escuela española de pintura, que hasta ese momento no había contado dentro de los parámetros de la evolución del gusto moderno en Europa. Y no había contado, porque la pintura española -al margen de que España fuera aislándose progresivamente a partir del xvn, en función de su declive histórico- había optado claramente por el camino errado, el que propugnaba el padre Sigüenza, el camino del naturalismo y de la religiosidad. En una Europa en la que se había ido restaurando progresivamente el clasicismo, este mundo español se margina y se olvida. Sin embargo, a partir del siglo xix, España cobra interés, porque los ideales clasicistas que habían estado alimentando la tradición del arte europeo se desmoronan. Entonces, el único paradigma que es posible contraponer al pasado histórico, a la tradición clásica, es esa España naturalista, mística, religiosa y extravagante. Surge en ese momento la pasión por España a través de una figura totalmente contemporánea a nosotros, la figura de Goya, que fascina al romanticismo europeo e induce a preguntarse cómo es posible que de la nada surja un genio de esta naturaleza. Tiene que haber algo detrás. Y la pasión por averiguar qué puede haber detrás de Goya es la que lleva a todos los románticos europeos a sumergirse en España y a intentar explicar el fenómeno, aparentemente sobrenatural, de ese genio extraordinario. Con ello comienzan los viajes a España y el descubrimiento de la pintura española. En este descubrimiento es muy importante la Galería Española de Luis Felipe, abierto en París en 1830, donde la vanguardia romántica queda fascinada con Zurbarán, Murillo -que era el único pintor español ya apreciado anteriormente- y Valdés Leal. Sin embargo, aunque en este museo también está El Greco, éste todavía pasa inadvertido.
El
Greco |
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